No vuelvas, Odiseo o el verdadero rostro de Penélope

No vuelvas, Odiseo o el verdadero rostro de Penélope

Al borde ya del 8 de marzo y de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, llega a mis manos este libro reivindicativo de una figura femenina que deja de ser, por mano de su autor, Antonio Jiménez Casero, parte de una leyenda para convertirse en ser de carne y hueso e ideas y sensibilidad. Además, como afirma con razón en el prólogo José Pascual Lloniz, no encontramos en él tanto una nueva versión del mito como un necesario deseo de tirarlo por tierra. Y, desde las primeras líneas, una prosa que no es tal, sino pura poesía, con un ritmo y un pulso que nos mantienen atentos y nos mecen con dulzura, una riqueza léxica envidiable, descripciones en las que participan todos los sentidos, una exquisita delicadeza y un perfecto equilibrio de elementos.

No vuelvas, Odiseo recrea la voz de Penélope a través de un extenso monólogo colmado de lirismo y sensatez, de belleza y conocimiento de la época que le tocó vivir; un momento en el que la esposa no es sino un trofeo más de esas guerras perpetuas en que se enzarzan los griegos sin pensar en las consecuencias para su propia patria (campos despoblados y empobrecidos por falta de manos que los cultiven), como si esa fuera su única forma de vida, su modo más seguro de encontrar la gloria y ganarse el derecho a la eternidad.

Frente a la imagen que hemos heredado de esa mujer paciente y abnegada tejiendo y destejiendo las hazañas de su esposo (algunos de los episodios y personajes más célebres de ese periplo mediterráneo los iremos conociendo a través de los rumores de la fiel Euriclea y los cantos de los aedes peregrinos) y rechazando a sus múltiples pretendientes, siempre al acecho del trono de Ítaca y de su propio lecho, Jiménez Casero nos muestra a una mujer marchita y algo resentida, con un hijo ya crecido que poco a poco se aleja de ella en busca de noticias de su padre, que se enfrenta al mar como si ese fuera también su destino forzoso. Mientras todos aclaman a Ulises como un héroe, Penélope solo ve en él a quien los ha abandonado. Y mientras la historia, la literatura y la leyenda recordarán a los varones griegos enfrascados en batallas lejos de su tierra para demostrar su hombría, son las mujeres helenas las que mantienen realmente la patria, con su trabajo y su fortaleza y su obligada soledad bajo las estrellas, ignorantes en su quietud del dolor de los hombres.

En capítulos breves, por llamarlos de algún modo, pues nada hay que nos conduzca a considerar esta obra una novela, la protagonista divaga y reflexiona sobre la condición de sometimiento de las mujeres, el sufrimiento al que están condenadas, la vejez que empieza a acecharle, la pérdida de la esperanza… Y, entre dudas y quejas, frente a la amargura que le causan los recuerdos (los primeros afectos juveniles, los besos no consumados), y aún más los deseos que la rondan entre sueño y vigilia, de repente, el canto del amor, un amor lésbico presidido por la ternura, la sensualidad, el goce de la compañía y la juventud de Clarica, una de sus esclavas, en la intimidad del mégaron; un amor dulce y buscado, no impuesto y violento como las arremetidas de los guerreros.

Así, la segunda parte de No vuelvas, Odiseo se convierte en un pequeño tratado sobre sexualidad femenina y quizás en la justificación del título, extraño en un principio cuando aún no conocíamos su contenido y seguíamos en esa visión casi romántica que ha llegado a nosotros de Penélope como símbolo de la fidelidad conyugal, pues (y así lo repite en varias ocasiones a lo largo de su extensa confesión) el olvido es aún peor que la muerte, veinte años los han convertido en dos desconocidos, y los versos de Claribel Alegría que preceden la obra, junto a otros, inevitables, de Safo de Mitilene, «La sombra entre mis sueños, / la bestia que me alcanza, / las pezuñas ruidosas; todo eso soy yo», parecen dibujarnos a la verdadera Penélope, liberada de su carga de viuda sin cadáver, de «rehén de tu recuerdo y de tu honra», de su vocación de mito, de su función meramente literaria, para erigirse en un ser perfectamente humano. Como nos gusta que sea la Literatura.

Elena Marqués

Antonio Jiménez Casero (Azuaga, Badajoz, 1952) es licenciado en Lenguas Clásicas y ha ejercido como profesor de Secundaria.

Ganador del premio Felipe Trigo de relatos breves en 1985 con Siempre nos vienen las sombras a la huella y del de novela en 1988 con El morador insomne, participó en la obra colectiva El Bosque de los Cuentos para celebrar la inauguración del Parque del Alamillo de Sevilla con motivo de la Expo 92.

Es también autor de Medea murió en Corintio (2017) y mantiene el blog «Crónica de la indignidad».

 

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